Hoy seguimos escuchando la Palabra
de Dios con la ayuda del Evangelio de san Marcos. Un Evangelio con una
inquietud bien clara: descubrir quién es este Jesús de Nazaret. Marcos nos ha
ido ofreciendo, con sus textos, la reacción de distintos personajes ante Jesús:
los enfermos, los discípulos, los escribas y fariseos. Hoy nos lo pide
directamente a nosotros: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc
8,29).
Ciertamente,
quienes nos llamamos cristianos tenemos el deber fundamental de descubrir
nuestra identidad para dar razón de nuestra fe, siendo unos buenos testigos con
nuestra vida. Este deber nos urge para poder transmitir un mensaje claro y
comprensible a nuestros hermanos y hermanas que pueden encontrar en Jesús una
Palabra de Vida que dé sentido a todo lo que piensan, dicen y hacen. Pero este
testimonio ha de comenzar siendo nosotros mismos conscientes de nuestro encuentro
personal con Él. Juan Pablo II, en su Carta apostólica Novo millennio
ineunte, nos escribió: «Nuestro testimonio sería enormemente deficiente si
nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro».
San
Marcos, con este texto, nos ofrece un buen camino de contemplación de Jesús.
Primero, Jesús nos pregunta qué dice la gente que es Él; y podemos responder,
como los discípulos: Juan Bautista, Elías, un personaje importante, bueno,
atrayente. Una respuesta buena, sin duda, pero lejana todavía de la Verdad de
Jesús. Él nos pregunta: «Y vosotros, quién decís que soy yo?». Es la pregunta
de la fe, de la implicación personal. La respuesta sólo la encontramos en la
experiencia del silencio y de la oración. Es el camino de fe que recorre Pedro,
y el que hemos de hacer también nosotros.
Hermanos
y hermanas, experimentemos desde nuestra oración la presencia liberadora del
amor de Dios presente en nuestra vida. Él continúa haciendo alianza con
nosotros con signos claros de su presencia, como aquel arco puesto en las nubes
prometido a Noé.