Hoy,
el evangelista sitúa a Jesús en un banquete: «Un
fariseo le rogó que fuera a comer con él» (Lc
11,37).
¡En buena hora tuvo tal ocurrencia! ¡Qué cara
debió poner el anfitrión cuando el invitado se saltó
la norma ritual de lavarse (que no era un precepto de la Ley, sino de
la tradición de los antiguos rabinos) y además les
censuró contundentemente a él y a su grupo social. El
fariseo no acertó en el día, y el comportamiento de
Jesús, como diríamos hoy, no fue “políticamente
correcto”.
Los
evangelios nos muestran que al Señor le importaba poco el “qué
dirán” y lo “políticamente correcto”;
por eso, pese a quien pese, ambas cosas no deben ser norma de
actuación de quien se considere cristiano. Jesús
condena claramente la actuación propia de la doble moral,
la hipocresía que busca la conveniencia o el engaño:
«Vosotros, los
fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras
por dentro estáis llenos de rapiña y maldad» (Lc
11,39).
Como siempre, la Palabra de Dios nos interpela sobre usos y
costumbres de nuestra vida cotidiana, en la que acabamos convirtiendo
en “valores” patrañas que intentan disimular los
pecados de soberbia, egoísmo y orgullo, en un intento de
“globalizar” la moral en lo políticamente
correcto, para no desentonar y no quedar marginados, sin que importe
el precio a pagar, ni como ennegrezcamos nuestra alma, pues, a fin de
cuentas, todo el mundo lo hace.
Decía san
Basilio que «de nada debe huir el hombre prudente tanto como de
vivir según la opinión de los demás». Si
somos testigos de Cristo, hemos de saber que la verdad siempre es y
será verdad, aunque lluevan chuzos. Esta es nuestra misión
en medio de los hombres con quienes compartimos la vida, procurando
mantenernos limpios según el modelo de hombre que Dios nos
revela en Cristo. La limpieza del espíritu pasa por encima de
las formas sociales y, si en algún momento nos surge la duda,
recordemos que los limpios de corazón verán a Dios. Que
cada uno elija el objetivo de su mirada para toda la eternidad.