Hoy,
celebra la Iglesia la solemnidad de San José, el esposo de
María. Es como un paréntesis alegre dentro de la
austeridad de la Cuaresma. Pero la alegría de esta fiesta no
es un obstáculo para continuar avanzando en el camino de
conversión, propio del tiempo cuaresmal.
Bueno es aquel que,
elevando su mirada, hace esfuerzos para que la propia vida se acomode
al plan de Dios. Y es bueno aquel que, mirando a los otros, procura
interpretar siempre en buen sentido todas las acciones que realizan y
salvar la buena fama. En los dos aspectos de bondad, se nos presenta
a San José en el Evangelio de hoy.
Dios
tiene sobre cada uno de nosotros un plan de amor, ya que «Dios
es amor» (1Jn 4,8). Pero la dureza de la vida hace que
algunas veces no lo sepamos descubrir. Lógicamente, nos
quejamos y nos resistimos a aceptar las cruces.
No
le debió ser fácil a Sant José ver que María
«antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró
encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18).
Se había propuesto deshacer el acuerdo matrimonial, pero «en
secreto» (Mt 1,19). Y a la vez, «cuando el Ángel
del Señor se le apareció en sueños» (Mt
1,20), revelándole que él tenía que ser el padre
legal del Niño, lo aceptó inmediatamente «y tomó
consigo a su mujer» (Mt 1,24).
La Cuaresma es una
buena ocasión para descubrir qué espera Dios de
nosotros, y reforzar nuestro deseo de llevarlo a la práctica.
Pidamos al buen Dios «por intercesión del Esposo de
María», como diremos en la colecta de la misa, que
avancemos en nuestro camino de conversión imitando a San José
en la aceptación de la voluntad de Dios y en el ejercicio de
la caridad con el prójimo. A la vez, tengamos presente que
«toda la Iglesia santa está endeudada con la Virgen
Madre, ya que por Ella recibió a Cristo, así también,
después de Ella, San José es el más digno de
nuestro agradecimiento y reverencia» (San Bernardino de Siena).