Hoy,
la liturgia nos invita a adentrarnos en el maravilloso corazón
sacerdotal de Cristo. Dentro de pocos días, la liturgia nos
llevará de nuevo al corazón de Jesús, pero
centrados en su carácter sagrado. Pero hoy admiramos su
corazón de pastor y salvador, que se deshace por su rebaño,
al que no abandonará nunca. Un corazón que manifiesta
“ansia” por los suyos, por nosotros: «Con ansia he
deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc
22,15).
Este
corazón de sacerdote y pastor manifiesta sus sentimientos,
especialmente, en la institución de la Eucaristía.
Comienza la Última Cena en la que el Señor va a
instituir el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, misterio de fe y
de amor. San Juan sintetiza con una frase los sentimientos que
dominaban el alma de Jesús en aquel entrañable momento:
«Sabiendo Jesús que había llegado su hora (...),
como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el fin» (Jn 13,1).
¡Hasta
el fin!, ¡hasta el extremo! Una solicitud que le conduce a
darlo todo a todos para permanecer siempre al
lado de todos. Su amor no se limita a los Apóstoles ,
sino que piensa en todos los hombres. La Eucaristía
será el instrumento que permitirá a Jesús
consolarnos “en todo lugar y en todo momento”. Él
había hablado de mandarnos “otro” consolador,
“otro” defensor. Habla de “otro”, porque Él
mismo —Jesús-Eucaristía— es nuestro primer
consolador.
El
cumplimiento de la voluntad del Padre obliga a Jesús a
separarse de los suyos, pero su amor que le impulsaba a permanecer
con ellos, le mueve a instituir la Eucaristía, en la cual se
queda realmente presente. «Considerad —escribe san
Josemaría— la experiencia tan humana de la despedida de
dos seres que se quieren (...). Su afán sería continuar
sin separarse, y no pueden (...). Lo que nosotros no podemos, lo
puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre,
(...) se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá
con los hombres». Repitamos con el salmista: «¡Cuántas
maravillas has hecho, Dios mío!» (Sal
40,6).